El dinero no es más que una manifestación de la energía, y como cualquier manifestación de la energía puede utilizarse de manera egoísta o de manera altruista.

La actitud de la humanidad hacia el dinero está regida por la codicia, la ambición del yo inferior, la envidia, los deseos materiales y la desesperada necesidad del mismo, que es el resultado, a su vez, de actitudes equivocadas, las cuales han traído las desastrosas condiciones económicas que prevalecen a nuestro alrededor, siendo efectos de causas iniciadas por la misma humanidad. En la regeneración del dinero y en el cambio de actitud de las gentes hacia él, llegará, con el tiempo, la liberación del mundo.
Actualmente las gentes se aferran al dinero por temor al futuro y por desconfianza mutua. Pero el dinero, que sirve para atender las necesidades personales y familiares, también puede ser utilizado para atender las necesidades del mundo, las necesidades de todos aquellos que viven en dramáticas condiciones de desigualdad. Si la ingente cantidad de dinero gastada actualmente en artículos costosos e innecesarios, en licores, tabaco, joyas, ropas, viajes, y lo que se malgasta en la búsqueda de nuevas emociones e incesantes placeres y, los miles de millones invertidos en conflictos armados por todas las naciones, se invirtieran para ayudar a la parte de la humanidad que ni tan siquiera tiene un mendrugo de pan para llevarse a la boca, se conseguiría una nueva civilización.
El amor al dinero es la causa de todos los males. Las palabras que predominan en la actualidad en nuestros medios de comunicación, relacionadas con el dinero son: interés bancario, salarios, deuda nacional, crisis, finanzas, impuestos, créditos, hipotecas; y todas ellas controlan absolutamente nuestra vida, nuestros planes, despiertan nuestra envidia, alimentan nuestra antipatía hacia otras nacio­nes, colocando a unos contra otros.
Existe, sin embargo, un gran número de personas cuyas vidas no están dominadas por el amor al dinero y que pueden normalmente pensar en valores más elevados. Son la esperanza del futuro, pero están individualmente prisioneros en el sistema que espiritualmente debe desapa­recer. Aunque no aman el dinero, lo necesitan y deben poseerlo; los tentáculos del mundo comercial los envuelve; deben trabajar y ganar lo necesario para vivir; la obra que quieren realizar en bien de la humanidad no se puede llevar a cabo sin fondos.
Quizás ésta sea la dificultad mayor, y a muchos les parece, nos parece, a veces insuperable. Involucra el problema de la verdadera administración financiera y la orientación de sumas adecuadas de dinero hacia determinados canales de ayuda. Está estrechamente relacionado con el problema de las correctas relaciones humanas.
Por lo tanto, el problema es particularmente difícil, porque los trabajado­res espirituales no sólo tienen que preparar a la gente para dar de acuerdo a sus posibilidades, si no que en muchos casos deben proporcionar ante todo, un móvil tan atrayente que se vea obligada a dar. También tendrá que proporcionar la institución, fundación y organización para administrar esos fondos. Esto representa una tarea muy difícil. La encrucijada actual no radica solamente en reunir fondos, sino en el egoísmo enraizado en la mayoría de las personas, tanto de los que tienen poco, como de los que detentan la riqueza mundial, que cuando dan, si es que dan, lo hacen para aumentar su prestigio e indicar su éxito financiero. Naturalmente hay excepciones, pero son relativamente pocas.
Subsiste el hecho de que si las personas o grupos que manejan el dinero tuvieran una visión verdadera de la realidad y si su objetivo hubiera sido estimular las correctas relaciones humanas, en vez de amasar dinero de manera egoísta; las multitudes de todas partes responderían a una posibilidad muy distinta de la actual. El reparto del dinero y la ayuda a los que no tienen sería tan normal como el respirar. Igualmente puede decirse que si el valor otorgado al dinero hubiera sido debidamente enseñado y valorado en los hogares y en las escuelas, no tendríamos las asombrosas cantidades de dinero malgastado en cuestiones innecesarias. El dinero, así como otras cosas de la vida humana, ha sido mancillado por el egoísmo y acaparado para fines individuales y nacionales egoístas.
Sin embargo, la Humanidad, no importa el país, color o credo, está reclamando paz, justicia y seguridad. Esto podría conseguirse con el correcto empleo del dinero y la comprensión por parte de todos. Excepto algunos filántropos de visión amplia y de un puñado de estadistas eclesiásticos y educadores iluminados, este sentido de responsabi­lidad económica no se encuentra en parte alguna.
Ha llegado el momento de revalorizar el dinero y canalizar su utilidad en otros sentidos. La voz del pueblo debe prevalecer, pero debe ser un pueblo educado en los verdaderos valores, en las significaciones de la verdadera cultura y en la necesidad de establecer correctas relaciones humanas. Por lo tanto es esencialmente una cuestión de sana educación y de correcta prepa­ración para la ciudadanía mundial, algo que aún no parece que haya comenzado.
Así se hace la historia. Cada nación luchando para sí, y todas calificándose en términos de recursos y finanzas. Mientras tanto la humanidad sufre hambre, no posee la cultura necesaria, su educación está basada en los falsos valores y el erróneo empleo del dinero.
Es imprescindible el trabajo desinteresado de miles de personas aparentemente sin importancia. Aunque lo que más se necesita es valor, porque se debe tener valentía para vencer la desconfianza, la timidez y el desagrado, al presentar un punto de vista relacionado con el dinero. Resulta sumamente difícil hacer lo mismo para la propagación de la buena voluntad y el empleo correcto del dinero en la difusión de ideas avanzadas tales como el reparto equitativo de la riqueza.
La dificultad no está en la organización del trabajo y del dinero, sino en la incapacidad de la gente para dar. Por una razón y otra dan poco o nada, aún cuando estén interesados en la igualdad, en la derrota del hambre en el mundo, aunque estén indignados y se manifiesten, y hablen, y renieguen, es igual, no dan. El temor por el futuro, el derroche, el deseo de hacer obsequios y el no darse cuenta que las grandes sumas están formadas por muchas sumas pequeñas, gravitan todas en contra de la generosidad econó­mica, y siempre dan excusas que parecen adecuadas.
Si los millones de personas, por ejemplo, que hablan de desigualdad, dieran una pequeña cantidad de dinero por año, habría fondos suficientes para todas las organizaciones de ayuda. Empieza tú, da lo que puedas.
(Idea extraída de “Sirviendo a la humanidad” de Alice A. Bailey)
A. Vallejo

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