Un conflicto no se resuelve ayudando a uno de los lados a ganar la victoria sobre el otro… ya que uno u otro lado quedarían insatisfechos”. FREUD

POLARIDADES

Una de las estrategias que las personas empleamos para ordenar nuestra realidad es la catalogación a través de las polaridades. Habitualmente etiquetamos a las personas de nuestro entorno como buenas/malas, inteligentes/tontas, aburridas/divertidas, alegres/tristes, etc. Y en este proceso de catalogación solemos emplear términos absolutos (o blanco o negro) que se encuadran dentro del proceso de polarización. Este proceso lo realizamos a través del lenguaje, ya que mediante su uso establecemos las polaridades que aparentemente definen a los demás, así como a nosotros mismos. El uso del lenguaje no hace más que confirmar lo que pasa dentro de nosotros.
Esta división de lo blanco y lo negro, olvidándonos de los grises, es un problema que afecta a nuestras relaciones en todos los ámbitos. Decimos que las personas tenemos aspectos propios de los que somos conscientes. Por ejemplo, soy perfeccionista. Somos conscientes de ello, y seguramente las personas de nuestro entorno también. Sin embargo, la polaridad del perfeccionismo (que dependerá de cada persona, pudiendo ser, por ejemplo, la dejadez, la pereza, el conformismo) también podemos encontrarla en nuestro interior. ¿Alguna vez has conocido a alguien que sea especialmente calmado y pausado y que, bajo ciertas circunstancias, se vuelve extremadamente iracundo?
Si en nuestro interior hay un perfeccionista, un alegre o un extrovertido, también habita en nuestro interior su polaridad, que permanece oculta, en la sombra. Por lo general, son cualidades nuestras que rechazamos. Las escondemos en el fondo de nuestro ser porque no las queremos tener cerca. Así, cuando nos encontramos con otra persona que posee alguna de esas cualidades que habitan en nuestra sombra, suele provocarnos un sentimiento de rechazo. Esto es lógico, ¿por qué motivo querría tener cerca a alguien que tiene un aspecto mío que rechazo?
He aquí de nuevo la problemática de las polaridades, de definirnos a nosotros y a los demás en términos absolutos. Quien se victimiza, en ocasiones se polariza siendo acusador. Quien quiere ser perfeccionista, se polariza luchando por ser un poco más flexible; el que es gracioso, tratará de ser algunas veces serio. Las polaridades siempre acaban saliendo a la superficie, generalmente en situaciones emocionales intensas.
Cuando nos lanzamos a explorar las polaridades, de lo que se trata es de integrar esas dos partes que llevamos dentro y que aparentemente son irreconciliables. De esta forma podremos ser graciosos cuando lo deseemos, y serios cuando sea necesario. Perfeccionistas cuando las circunstancias lo requieran, y vagos cuando queramos relajarnos o descansar. Cuando somos capaces de integrar nuestras polaridades ni siquiera tenemos que preguntárnoslo ya que simplemente actuaremos en función de la situación y de nuestras necesidades. El primer paso consiste en descubrir nuestras polaridades.
Resolución de conflictos internos
Cuando hablamos de la resolución de conflictos internos nos referimos irremediablemente a la integración de nuestras polaridades. La integración de polaridades se define como el proceso de negociación entre dos partes internas o polaridades que consiste en definir las partes, identificar la intención o propósito positivo de cada una de ellas y negociar un acuerdo entre las dos que resulte en una integración.
A veces, aparecen conflictos entre dos partes de nuestro cuerpo. Es como si tuviéramos dos mentes: “Quiero una cosa y otra a la vez”. Este estado de conflicto se manifestará en la conducta de la persona. La integración está enfocada a conseguir un cambio de conciencia y un descubrimiento de nuestros recursos. Contactando con cada parte podemos ampliar y enriquecer la percepción que tenemos sobre nosotros mismos descubriendo nuestras “subpersonalidades”. De esta manera no permitiremos que ni una polaridad ni la otra tomen el control.
En la medida en que tratamos de “ser perfectos” y eliminar nuestras faltas, nuestra imperfección adquiere mayor fuerza. Si tratamos de negar o ignorar nuestros sentimientos desagradables y solamente prestamos atención a los agradables, entonces serán esos sentimientos desagradables los que adquieran más fuerza. Cuando exaltamos con vehemencia nuestras cualidades positivas, como la generosidad, estamos negando, en este caso, nuestro egoísmo. Como consecuencia de este rechazo, este último surge con mayor intensidad y se ve reflejado en mi conducta.
He aquí la importancia de darle su lugar y su justo valor a todos y cada uno de los aspectos que conforman nuestra personalidad. Reconocer la existencia e importancia que tiene cada uno de los rasgos de mi carácter constituye el primer paso hacia su integración y hacia la creación de armonía en nuestras vidas. Y para tal disfrute es esencial que nos permitamos disfrutar de estas polaridades complementarias sin recriminarnos por actuar de una u otra forma.

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