Mi última parada en el mundo académico tradicional fue la Facultad de
Medicina de la Universidad de Stanford. En aquella época ya me había
convertido en un vehemente partidario de una «nueva biología». Había
llegado a cuestionarme no sólo la competitiva versión darwiniana de la
evolución, sino también el dogma central de la biología, la premisa de que los genes controlan la vida. Esa premisa científica tiene un error fundamental: los genes no se pueden activar o desactivar a su antojo. En términos más científicos, los genes no son «autoemergentes». Tiene que haber algo en el entorno que desencadene la actividad génica. A pesar de que ese hecho ya había sido postulado por la ciencia más vanguardista, los científicos convencionales, cegados por el dogma genético, se habían limitado a ignorado. Mi abierto desafío al dogma central hizo que me consideraran aún más un hereje de la ciencia. No sólo era aspirante a la excomunión, ¡sino que era candidato a ser quemado en la hoguera!

Durante una conferencia que ofrecí mientras estaba en Stanford, acusé a los facultativos allí reunidos, muchos de ellos genetistas de prestigio
internacional, de no ser mejores que los fundamentalistas religiosos por
aferrarse al dogma central a pesar de las evidencias que demostraban que era erróneo. Tras mis sacrílegos comentarios, la sala de conferencias se convirtió en un hervidero de gritos de indignación que creí daría al traste con mi posibilidad de conseguir empleo.  Sin embargo, mis ideas sobre la mecánica de la nueva biología demostraron ser lo bastante provocativas como para que me contrataran. Con el apoyo de ciertas eminencias científicas de Stanford, sobre todo con el del jefe del departamento de Patología, el doctor Klaus Bensch, me alentaron a profundizar en mis ideas y a aplicadas a las investigaciones sobre células humanas donadas. Para sorpresa de todos los que me rodeaban, los experimentos apoyaron por completo la visión alternativa de la biología que yo postulaba. Publiqué dos artículos basados en esa investigación y abandoné el mundo académico, en esta ocasión para siempre (Lipton, et al., 1991-1992).

Me marché porque, a pesar del apoyo que tenía en Stanford, sentía que mi mensaje estaba cayendo en saco roto.Desde mi marcha, nuevas investigaciones han refrendado mi escepticismo sobre el dogma central y la supremacía del ADN en el control de la vida. De hecho, la Epigenética, el estudio de los mecanismos moleculares mediante los cuales el entorno controla la actividad génica, es hoy en día una de las áreas más activas de investigación científica. La reciente importancia que se le otorga al entorno como regulador de la actividad génica era el núcleo de la investigación celular que yo llevaba a cabo veinticinco años atrás, mucho antes de que el campo de la Epigenética existiera siquiera (Lipton 1977a, 1977b). A pesar de que me resulta una actividad gratificante desde el punto de vista intelectual, sé que si estuviera enseñando e investigando en una facultad de medicina, mis colegas seguirían preguntándose sobre esos cocos, ya que en la última década me he vuelto aún más radical según los cánones académicos. Mi preocupación por la nueva biología se ha convertido en algo más que un ejercicio intelectual. Creo que las células nos muestran no sólo los mecanismos de la vida, sino también una forma de llevar una vida rica y plena.

Dentro de la torre de marfil de la ciencia, ese tipo de pensamiento me
granjearía sin duda el estrafalario premio Doctor Dolittle al
antropomorfismo o, para ser más exactos, al «citomorfismo: pensando
como una célula», aunque para mí se trata de biología básica. Tal vez te
consideres un ente individual, pero como biólogo celular puedo asegurarte que en realidad eres una comunidad cooperativa de unos cincuenta billones de ciudadanos celulares. La práctica totalidad de las células que constituyen tu cuerpo se parecen a las amebas, unos organismos individuales que han desarrollado una estrategia cooperativa para la supervivencia mutua. En términos básicos, los seres humanos no somos más que la consecuencia de una «conciencia colectiva amebiana». Al igual que una nación refleja los rasgos distintivos de sus ciudadanos, la humanidad debe reflejar la naturaleza básica de nuestras comunidades celulares.

Utilizando estas comunidades celulares como modelos, llegué a la
conclusión de que no somos las víctimas de nuestros genes, sino los dueños y señores de nuestros destinos, capaces de forjar una vida llena de paz, felicidad y amor. Probé mi hipótesis con mi propia vida a instancias de mis oyentes, quienes me preguntaban por qué mis ideas no me habían hecho más feliz. Y tenían razón: necesitaba integrar mi nueva percepción biológica en mi vida diaria. Supe que lo había logrado cuando, durante una resplandeciente mañana de domingo en el Big Easy, una camarera de la cafetería me dijo: «Cielo, eres la persona más feliz que he visto en mi vida. Dime, muchacho, ¿por qué eres tan feliz?». Me quedé desconcertado ante su pregunta, pero de todas formas barboté: «¡Estoy en el paraíso!». La camarera meneó la cabeza de lado a lado sin dejar de mascullar y después procedió a tomar nota de lo que quería para desayunar. Pues bien, era cierto. Era feliz, más feliz de lo que había sido en toda mi vida.

Quizá alguno de los lectores más críticos se muestre escéptico ante mi
afirmación de que la Tierra es el paraíso, ya que la definición de paraíso también incluye la morada de la deidad y la de los bienaventurados difuntos. ¿De verdad creía que Nueva Orleans, o cualquier otra ciudad grande, era una parte del paraíso? Mujeres y niños harapientos sin hogar viviendo en callejones; un aire tan cargado que uno no sabe si las estrellas existen de verdad; ríos y lagos tan contaminados que sólo inimaginables y «espeluznantes» formas de vida pueden habitados. ¿La Tierra es el paraíso? ¿Acaso Dios vive allí? ¿Conoce él a esa deidad? Las respuestas a esas preguntas son: sí, sí y creo que sí.

Bueno, para ser totalmente sincero, debo admitir que no conozco a Dios por entero, ya que no os conozco a todos vosotros. Por el amor de Dios, ¡hay unos seis mil millones de personas en el mundo! Y si he de ser aún más sincero, tampoco conozco el nombre de todos los miembros de los reinos, tanto animal como vegetal, aunque creo que también forman parte de Dios. ¿Acaso está diciendo que los humanos son Dios?». Bueno … pues sí. Y claro está que no soy el primero que lo dice. El Génesis dice que estamos hechos a imagen y semejanza de Dios. Sí, el racionalista que os habla está citando ahora a Jesús, a Buda y a Rumi. He vuelto al punto de partida y he pasado de ser un científico reduccionista enfrentado a la vista a ser un científico espiritual. Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios y es necesario que volvamos a  introducir el espíritu en la ecuación si queremos mejorar nuestra salud mental y física.

Puesto que no somos maquinas bioquímicas indefensas, el hecho de zamparnos una pastilla cada vez que nos encontramos mal física o mentalmente no es siempre la respuesta. Los fármacos y la cirugía son herramientas poderosas cuando no se utilizan en exceso, pero la idea de que los medicamentos pueden curarlo todo es, en esencia, errónea. Cada vez que se introduce un fármaco en el organismo para corregir una función A, se alteran inevitablemente las funciones B, C o D. No son las hormonas ni los neurotransmisores producidos por los genes los que controlan nuestro cuerpo y nuestra mente; son nuestras creencias las que controlan nuestro cuerpo, nuestra mente y, por tanto, nuestra vida…  ¡OH, vosotros, hombres de poca fe!

Dr. Bruce H. Lipton (del libro La Biología de la Crencia)

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