DESTINOS Y ACCIONES

Érase una vez un sabio que dejó mucho dinero a un hijo. En su lecho de muerte le dijo:

-Si alguna vez llegases a un estado de verdadera desesperación, pero no antes, abre esa puerta de allá, pero no hasta que literalmente no tengas comida ni tan siquiera para un día de sustento.

Sin embargo, tan pronto murió el padre, el joven, lleno de impaciencia y curiosidad, abrió la puerta. Tras ella se encontraba una habitación, y dentro de la habitación había una soga y un tronco de madera. Una nota en la pared le instruía en subir al tronco, ponerse la soga alrededor del cuello y saltar.

Se dijo a sí mismo: “¡Curioso modo de comportarse por un parte de un padre hacia su hijo!”.

Al volverse para salir de la habitación, vio algo escrito en la pared:

Si no has estado atento y puesto en práctica lo que se te ha ofrecido, mucha confusión e innecesario sufrimiento caerá sobre ti. Tus propias acciones serán causa de estos acontecimientos. Hasta que aprendas, tendrás que viajar:

desde la acción prematura y la curiosidad a la suposición disparatada;

desde el libertinaje a la mala suerte;

desde la desesperación al remedio insuficiente;

desde la negligencia al escarnio;

desde la miseria a la desesperación;

desde la obediencia a la plenitud;

desde la prueba a la iluminación.

Salió de la habitación, reacio a dar crédito alguno a las palabras de su padre, y se sumergió en una vida de juego y especulación con lo que había heredado, haciéndose con muchos compañeros que le ayudaron a gastar su dinero y vender sus propiedades.

Se hundió en deudas, y finalmente llegó al punto donde carecía de dinero para comida. Reunió los últimos pequeños objetos en la casa y los llevó al mercado donde los vendió por una suma ínfima, comprando algo de pan y yogur. Mientras se dirigía a su casa, un perro saltó, le volcó el yogur y se llevó el pan.

El joven se sintió muy desesperado y fue a las casas de todos sus supuestos amigos pidiendo comida y una palabra de consuelo. Pero tan solo se rieron de él, y uno tras otro le rechazaron: “¡No puedes ser tan pobre como eso!”-le dijeron.

De vuelta a su hogar, hambriento y miserable, pensó para sí: “de la negligencia con el pan y el yogur, al escarnio por parte de mis amigos; éste es el periodo de miseria, como predijo mi padre, y la miseria de esta naturaleza conduce ciertamente a la desesperación”.

Tras eso entró de nuevo a la habitación donde se encontraba la soga. Leyó la nota una vez más: “sube al tronco y cuélgate”.

De pie sobre el bloque de madera, el joven se puso la soga alrededor del cuelo y saltó.

Al hacer esto la soga se rompió de inmediato y el techo cedió, liberando un inmenso depósito de monedas de oro que habían sido escondidas allí.

-¡De la obediencia a la plenitud!-exclamó el joven

Pagó sus deudas y volvió a comprar sus propiedades. Invitó entonces a todos sus antiguos amigos a un rico banquete.

-Cuando hablé de mi pobreza –dijo-, no me creísteis. Ahora os contaré una historia. Hay una gran cantidad de ratas en esta ciudad, que son tan voraces que comen piedras. Algunas de ellas se especializan en gemas, y viven tan solo de rubíes y esmeraldas. Que levanten la mano quienes crean esto…

Todo el mundo presente levantó una mano aduladora.

-No creísteis en mi pobreza cuando me encontraba hambriento y quería algo, aunque tan solo necesitaba un bocado y una palabra amable –dijo-, y ahora creéis todo lo que digo, ya que queréis algo: ¡Mi fortuna! De la prueba a la iluminación es la enseñanza de mi padre, la de un hombre sabio. Salid de mi casa, todos vosotros, y permitidme regresar al sendero de aprendizaje que mi propia estupidez hizo tan difícil para mí.

 

 

Extraído de: “Los mil y un días” de Mukhlis de Isfahan

 

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