Todo el mundo sabe quién es Albert Einstein: el genio alemán del siglo 20 que formuló la Teoría de la Relatividad. Pero pocos conocen el hondo sentido espiritual que corría por sus venas. El creía en el Dios panteísta de Baruch Spinoza, no en un dios personal, y entre otras cosas, nos dejó estas cuatro leyes como guía para vivir más sabiamente:

Primera ley:

“La persona que llega es la persona correcta”.

No existen las coincidencias, solo lo inevitable. Nadie llega a nuestras vidas por casualidad, todas las personas que nos rodean, que interactúan con nosotros, están allí por algo, para hacernos aprender y avanzar en cada situación.

Segunda ley:

“Lo que sucede es la única cosa que podía haber sucedido”.

Nada, pero nada, absolutamente nada de lo que nos sucede en nuestras vidas podría haber sido de otra manera. Ni siquiera el detalle más insignificante…

No existe el: “si hubiera hecho tal cosa…hubiera sucedido tal otra…”. No. Lo que pasó fue lo único que pudo haber pasado, y tuvo que haber sido así para que aprendamos esa lección y sigamos adelante. Todas y cada una de las situaciones que nos suceden en nuestras vidas son perfectas, aunque nuestra mente y nuestro ego se resistan y no quieran aceptarlo.

Tercera ley:

“En cualquier momento que comience es el momento correcto”.

Todo comienza en el momento indicado, ni antes, ni después. Cuando estamos preparados para que algo nuevo empiece en nuestras vidas, es allí cuando comenzará.

Cuarta ley:

“Cuando algo termina, termina”.

Simplemente así. Si algo terminó en nuestras vidas, es para nuestra evolución, por lo tanto es mejor dejarlo, seguir adelante y avanzar ya enriquecidos con esa experiencia.

Otras reflexiones de Einstein:

“Quiero saber cómo Dios creó este mundo. No me interesa este o aquel fenómeno, en el espectro de este o aquel elemento. Quiero saber Sus pensamientos; el resto son detalles.

La ciencia sin religión está coja. La religión sin ciencia es ciega.

Mi religión consiste en una humilde admiración del ilimitado espíritu superior que se revela a sí mismo en los pequeños detalles que podemos percibir con nuestra frágil y débil mente.

Todo el que está seriamente involucrado en la búsqueda de la ciencia se convence de que un Espíritu se manifiesta en las leyes del Universo, un espíritu muy superior al del hombre, frente al cual uno con nuestros modestos poderes debe sentirse humilde.

Cuando la solución es simple, Dios está respondiendo.

La mejor emoción de la que somos capaces es la emoción mística. Saber que lo que es impenetrable para nosotros realmente existe y se manifiesta como la más alta sabiduría y la belleza más radiante… es el núcleo del verdadero sentimiento religioso. En este sentido, y solo en este sentido, me encuentro entre los hombres profundamente religiosos”.

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