El Cerebro Holográfico

Uno de los grandes misterios de la humanidad, aparte de los insondables océanos y el espacio sideral, es algo que puede ser medido, analizado, cortado, pesado, pero que sigue desafiando a los científicos: el cerebro humano. ¿Cómo procesamos las informaciones, aprendemos, recibimos nuevos estímulos, razonamos y nos hacemos conscientes de nuestra condición? Miles de personas en los campos de la neurofisiología, psicología, religión, etc., han venido intentando dedicarse a estas cuestiones. Incluso con la enorme cantidad de datos que se ha acumulado, hay todavía omisiones fundamentales en la descripción de cómo adquirimos estas funciones básicas. Uno de los mayores rompecabezas es la manera por la cual nuestro cerebro almacena información. Ninguna relación ha sido detectada entre una determinada célula cerebral o grupo de células y un pensamiento particular o memoria. Si fuese así, habría posibilidad de verificarlo, extirpando áreas seleccionadas del cerebro y observando la pérdida de una característica particular aprendida. Uno de los hechos mejor establecidos (aunque más desconcertantes) sobre los mecanismos del cerebro y la memoria es que grandes destrucciones dentro del sistema neural no perjudican seriamente su función. El biólogo Karl Lashley y otros investigadores lo constataron por primera vez en los años 50, al extirpar de 80 a 90% de las estructuras neurales, como el córtex visual, en varios animales. Observaron que, asombrosamente, eso no producía efecto alguno sobre el reconocimiento de una característica visual previamente aprendida. De alguna manera la información estaba almacenada en algún otro lugar. Lalshley descubrió que “mientras que la intensidad del recuerdo estaba en proporción con la masa del cerebro, ningún tipo de extirpación en cualquier zona del cerebro podría interrumpir el recuerdo totalmente. Esto lo llevó a postular que “la intensidad de la memoria depende de la masa total del cerebro, pero la memoria es registrada omnipresentemente a través del cerebro”. Karl Pribram perfeccionó la teoría en los años 70, comparándola con la holografía.

Cuando se hace un holograma, la información sobre el objeto es almacenada en todos los lugares de la placa. Si se fragmenta el holograma, las pequeñas partes aún contendrán una perspectiva del todo. El único modo de eliminar la imagen completamente es deshacerse del holograma entero. ¿Suena familiar? La verdad es que Rodieck demuestra “que las ecuaciones matemáticas describiendo el proceso holográfico se encajan exactamente en lo que hace el cerebro con la información”.

¿Es esto más que una coincidencia? En caso afirmativo, entonces ¿qué es lo que funciona como mecanismo de almacenaje? Y ¿de qué tipo de luz está formado?

Los hologramas no tienen necesariamente que formarse con luz visible como lo hacen nuestras placas (por ejemplo, hologramas acústicos o incluso ondulaciones en un estanque). Pueden formarse en presencia de cualquier acción ondulatoria (¡vibración!). Y no es necesaria la presencia de ondas físicas como las utilizadas para la creación de un holograma, sino más bien un patrón de interferencia, un coeficiente de relaciones armónicas. Así, todo lo que necesitamos buscar es un mecanismo que cree patrones de interferencia en el cerebro y los almacene.

Vamos a considerar el siguiente modelo: el cerebro es un holograma. La mente es la imagen holográfica. Las neuronas individuales son análogas a los granos de plata en la placa holográfica. Como los granos de plata, cada neurona lleva en sí una perspectiva extremadamente limitada y tiene una importancia real pequeña. Sin embargo, como agregado, se obtiene una enorme capacidad de almacenaje de información. El sistema operaría de la siguiente manera: una nueva información sensorial es recibida por el cerebro. Esta nueva información no puede auto-almacenarse, pero ya interactúa e interfiere con todas las memorias y experiencias pasadas del organismo. Las “experiencias pasadas” actúan como cuadro de referencia para los nuevos estímulos. Casi inmediatamente este nuevo conocimiento se mezcla con las informaciones del cuadro de referencia, aprende con él y se convierte en parte de él para analizar nuevos datos. O sea: lo nuevo es constantemente comparado con lo viejo, asimilado, y entonces usado para evaluar nuevos estímulos. El patrón de interferencia resultante puede entonces ser almacenado omnipresentemente a través del cerebro como haría cualquier otro patrón de interferencia.

El lector astuto podría preguntar: si la información es distribuida a través del cerebro, ¿por qué entonces ciertas áreas parecen especializarse en funciones específicas? Es posible influenciar la vista, el oído, el gusto y otros inputs mediante el estímulo de áreas apropiadas del cerebro. Esta aparente paradoja puede resolverse al considerar que, por analogía, en una placa holográfica convencional, mayores densidades de franjas quedan localizadas en algunas áreas, menores en otras. Así, la imagen puede aparecer más brillante cuando se mira a través de ciertas áreas de la placa, y más débil donde quizá menos exposición o proporción de haz esté presente. Podemos imaginar un fenómeno similar sucediendo en el cerebro, con densidades variadas para diferentes características, localizadas en diferentes áreas específicas. Como las áreas de mayor densidad tenderán a actuar como fuentes de referencia más fuertes, los nuevos inputs de una misma naturaleza encontrarán un almacenaje más eficiente en estas zonas. Ahora bien, si se retira una sección del cerebro, la información será almacenada en las áreas remanentes, únicamente con reducción de la capacidad de resolución.

Para ayudar a visualizar en acción el sistema de almacenaje holográfico de la memoria, podemos comparar el proceso cognitivo de un adulto con el de una criatura recién nacida:

Cuando un adulto ve una manzana hay un reconocimiento casi instantáneo. El adulto, habiendo visto, probado u oído a otros describir las manzanas innumerables veces, necesita un pequeño input sensorial nuevo para una identificación rápida y eficiente. El fuerte fotograma de referencia “manzana” del adulto puede compararse a mirar un holograma con una fuerte iluminación, produciendo una imagen brillante.

El bebé, por otra parte, no ha tenido ninguna experiencia anterior con una manzana que influenciase su primer contacto con ella. Es verdad, hay procesos cognitivos obtenidos genéticamente que permiten algún grado de percepción del objeto, pero el reconocimiento de la manzana como manzana ocurre únicamente a través de repetidas exposiciones a ella. El bebé empieza con un cuadro de referencia débil, pero a cada momento sucesivo se verifica la interferencia cognitiva (la experiencia del momento previo se añade a la memoria del siguiente momento, o cuadro de referencia). La nueva información ahora interfiere con este nuevo producto. Eventualmente, este proceso en marcha resulta en la producción de un cuadro de referencia con fuerza suficiente para demandar una estimulación sensorial nueva muy pequeña para que haya reconocimiento.

Se puede ser consciente de este proceso en funcionamiento. Tanto la interferencia momento-a-momento como la momento-más-la-suma-de-las-experiencias-pasadas se verifican en este sistema. Por ejemplo, el adulto puede fácilmente experimentar espejismos o ilusiones a través del procesamiento de informaciones visuales con cuadros de referencia poderosos. Es posible, sin embargo, con gran concentración, ver a través de la ilusión, mediante sustitución del cuadro momento-a-momento por el cuadro adulto habitual empleando un “cuerpo” de mayor experiencia. Gradualmente una nueva referencia se impondrá, haciendo añicos la vieja ilusión.

Mirar a través de espejismos puede ser a menudo un difícil ejercicio. Lo que puede ocurrir, sin embargo, es que la interferencia cognitiva entre los propios fotogramas-referencia pueda producirse. Esto debería originar una casi nueva perspectiva dimensional, casi estereoscópica sobre el acontecimiento, permitiendo un gran control sobre la evaluación de la situación. Verdaderamente esta nueva interferencia puede explicar el fenómeno de la consciencia, o el concepto de “aquella pequeña persona dentro de la persona” que todos nosotros experimentamos.

Pribram discute cómo puede la “holografía de reconocimiento” funcionar de acuerdo con la teoría holográfica convencional. Supón que cuando estemos haciendo un holograma utilicemos un haz-referencia de un espejo parabólico o una lente convergente para generar un punto. Al iluminar el punto, éste recreará el objeto. Sobre esta idea se puede dar un paso adelante a través de la creación de un holograma de dos objetos. El holograma puede ser reconstruido, naturalmente, con un haz de iluminación que tome el lugar del haz-referencia original. La luz reflejada de uno de los objetos también puede utilizarse para actuar como haz-referencia para el otro objeto. Si se bloquea el haz de referencia, y no se modifica la posición del objeto y del holograma, aunque solo se use la luz objeto, un objeto generará la imagen del otro. Acabamos de describir una relación asociativa, la cual, en caso del holograma neural, puede explicar por qué un pensamiento puede llevar a otro.

En suma, Pribram nota que “las memorias holográficas demuestran una gran capacidad, procesamiento paralelo, encaminamiento del contenido hacia un rápido reconocimiento, almacenaje asociativo para complexión perceptiva y recuerdo asociativo. La hipótesis holográfica sirve por tanto no solo como guía para la experiencia neuro-psicológica, sino además como posible herramienta para la comprensión de los mecanismos implicados en problemas conductualmente derivados del estudio de la memoria y de la percepción”. Y, como notó Ferguson, “la teoría de Pribram ha recibido creciente apoyo y no ha sido seriamente desafiada”.

Fuente: Laboratório Holográfico (Texto original).

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